Después de hablar con varios muchachos me di cuenta que ya estaba viejo... No fue necesario recordar mi edad ni mirarme al espejo, no, nada de eso, tan solo escucharlos, ver todas sus dudas, los lugares en donde he paseado con mi corazón en las manos me hizo recordar que aquellos momentos fueron tan intensos, absurdos, púberes, en fin, momentos de muchacho. Y ahora que estoy a miles de momentos los recuerdo con alegría al saberme cercano a la otra orilla, aquella que le llaman la muerte. Me alegro. Miro al cielo de esta noche sin igual, escucho uno que otro auto que pasa por las viejas calles de mi barrio mientras miles de personas duermen y sueñan, anhelan, es decir, descansan sus cuerpos pero no sus almas... Miro y recuerdo que no todo está dicho, que hay tanto que contar... como ese gato que día a día ocupa un pedazo de mi ventana, moviendo la cola, mirando un rincón en donde dormir, mientras yo continúo pensando que la vida se me va de las manos...
Podría dejar de divagar pero me agrada escribir esto que siento con tanta intensidad, pues, es lo único que siento. Veo las páginas escritas por mí y me asombro, y si es así, es belleza, cruda belleza salida de mis manos hacia el papel, la pantalla, es decir, hacia el corazón de otra persona... y eso me hace feliz como un joven lleno de ilusiones y anhelos de eternidad...
Mis manos tienen identidades, y me encanta que ya no me pertenezcan pues me siento como menos dueño de mí mismo. Mis piernas tienen esa fuerza de un corcel, pero no saben muchas veces adonde ir. Me agrada saber pocas cosas. Me agrada saberme tan joven a pesar que a la otra casa está mi ocaso.
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