Murió a los noventa y dos años rodeada de sus doce hijos, veinticuatro nietos, treinta y dos bisnietos, un perro, un loro y toda la gente amiga que la conoció.
Antes de morir miraba a toda su gente, y en verdad aún no se decidía si irse para siempre de aquellos seres que tanto amaba, pero cuando notó que toda su gente se puso en su entorno, cerraban los ojos y cantaban aquella vieja canción que por primera vez escuchara en el día de su primera comunión, supo que el tren de la noche sin inicio ni final estaba por arrancar.
- “Sí – escuchó una voz conocida que palpitaba con el canto -, es hora de partir…”
Parpadeó los ojos una vez mas, y con una amplia sonrisa, mostrando gratitud a la vida misma, soltó aquel cordón umbilical que la ataba a la tierra de los que no entienden que la vida y la muerte son como los pétalos de una rosa infinita, como el aliento que viene por un espacio de tiempo, por una dulce eternidad, y se va, y vuelve a venir, por otro tiempo, por otra eternidad…
Cerró los ojos y murió a los noventa y dos años, viendo que la luz que dejara de ver a través de sus ojos empezaba a brillar más, y más, y más, y más, y más....
San isidro, diciembre del 2005
Oasis de un sueño
El día más hermoso...
La soledad de un impulso
La feria del libro
Me detuve un momento...
El camino del sueño
La mujer que no podía tener un hijo
El último poema
El hombre mas rico del mundo
Testigo de un Cuento
septiembre, 2007
agosto, 2007
julio, 2007
mayo, 2007
abril, 2007
marzo, 2007
febrero, 2007
enero, 2007
diciembre, 2006
agosto, 2006
julio, 2006
junio, 2006
mayo, 2006
abril, 2006
marzo, 2006
febrero, 2006
enero, 2006
diciembre, 2005
noviembre, 2005