Tengo bastante trabajo, sin embargo, me gusta estar ocupado. Me hace olvidarme de mí mismo. Tenía la esperanza como una corbata sobre el cuello, adornando mi mejor camisa de sueños cuando una ruma de moscas con ojos brillantes y angustiados comenzó, en su vuelo alrededor de mí, a cagarse encima de mi sobrero elaborado de gran dignidad marcial. Me detuve frente a ellos y con una trampa para sueños inciertos, dudosos, machuqué el botón que activaba dicha maquiavélica máquina. Uno a uno las moscas cayeron por todos lados del piso del taller para deshacerse como cenizas de cigarro. Luego, cogí una escoba hecha de fibra de arena con aleación de pelos de conejo y empecé a barrer todo aquella mierda que ante mis ojos llenos de cansancio se presentaban como un amasijo de chocolate de color parduzco… Observé casi sin inmutarme a bichos de todo tamaño con tres patitas, dos ojos, cinco especies de cuernillos, colillas cartilaginosas parecidas a esos penes alienígenas y un montón de confites de extremidades y sentidos extraños hechos de glandulillas así como las malaguas de mar. Y luego de barrerlas y juntarlas las eché sobre el mar de todas mis pesadillas y crueles pensamientos imaginados contra mi voluntad... Mientras me alejaba noté que millones de ojos redondos como billas blancas con puntillos rojos, negros, azules aparecían por la superficie de aquel océano de barro líquido y residuos o polvillos metalúrgicos, mezclados con petróleo renegro, sucio, viejo... Me di media vuelta para continuar con mi labor. Estaba agotado, muy cansado pero continué trabajando. Había mucho que hacer, muchos pedidos por entregar, sobre todo aquella mujer de cincuenta hijos que mandaba a llamarnos a través del teléfono con sus cincuenta hijos a cada momento. Era para enloquecer escuchar sus vocecillas, parecía escuchar a una granja llena de pollos, gallinas y cerdos mugiendo la misma canción, el mismo pedido una y otra vez: su sopa de caracoles enlatada. Prendí la máquina una vez mas ya le eché a la velocidad máxima... Me relajé un instante al ver como cientos y cientos de latitas de hojalata de color negro salían rumbo hacia las cajas de despacho. Sonreí estúpidamente un instante y cerré un instante los ojos así como los gallos, y cuando los abrí ya estaba amaneciendo, ya llegaba el otro turno a laborar. Dejé mi puesto. Me saqué el uniforme negro de faena y salí rumbo a mi hueco a dormir un momento. Apenas llegué a mi hueco me eché y tuve una larga y tediosa pesadilla, una larga, pero muy larga pesadilla... Se trataba de una sierpe de color negro y con ojillos oblicuos en cada parte de su largo y aceitoso cuerpo, y con dedos y dedos en cada parte de sus lados laterales como si fueran gusanillos; inclusive los tenía en los bordes de sus ojillos como si fueran espesas pestañas... Fue un extraño y largo, pero muy largo sueño del que aún no puedo despertar. Dicen que cuando uno no despierta es que está bien muerto. No lo sé con precisión, pero, en cuanto a mi trabajo, no sé si ya he despertado pues continuo laborando diariamente. Veo las mismas moscas. Escucho los mismos pedidos y veo con gran alegría la salida de cientos y cientos de latitas rellenas de sopa de caracoles...
San isidro, diciembre del 2005
El Efecto Mariposa
El Paraiso Escondido
Murmullos
La señora que no conocí
Oasis de un sueño
El día más hermoso...
La soledad de un impulso
La feria del libro
Me detuve un momento...
El camino del sueño
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