Mi madre es como mis manos, mi alma, mi corazón, algo tan mío como este aliento que respiro... Quiera Dios darme la gracia de seguir aprendiendo a ser hijo, amigo, compañero de ella que, aunque pequeña, frágil, paciente, tiene algo magno que brota a través del brillo de sus ojos...
Nací como todos los que circulamos por esta tierra, de su vientre a la tumba, así como todos, pero guardo el sentimiento de que Dios es bueno al haberse manifestado en la luz de los ojos de una madre...
Ya, ya, ya sé que exagero, pero qué importa lo que se piense cuando el amor me embriaga en este momento en que mi madre cuida mi deteriorada salud, en que me dice lo necesario, lo adecuado para continuar aprendiendo a vivir, a volar así como las aves en el cielo...
Y cuando los brazos de la tierra la respiren, dentro de mí abrigaré un sentimiento, aquel que tuve cuando la encontré mirándome a los ojos, mientras bebía de su pecho...
San isidro, abril de 2006
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