tengo eso que tienen todos en el alma que se llama piedad. miraba a mi amigo echado cuando decidí tomarle una foto. imaginaba lo que pensaba. mujeres, siempre mujeres, y, de cuando en vez, de niños... le quise despertar pero decidí salir al fresco y olvidarme de la gente, amigos, etc... mi vida estaba en paz y nada hacia nada por cambiarla. volaba alto, casi olía las estrellas y el estiércol de las aves. miré hacia abajo y vi mis huellas a todo lo largo de mis pasos por la vida. miraba siendo joven, viejo, etc. miraba a mis padres vivos. miraba, siempre miraba hasta que supe que todo lo sabía. recordé a mi amigo echado en la silla y le llamé con mis sentimientos. abrió los ojos y voló hasta donde me hallaba. ¿cómo me encontraste?, pregunté. nada, respondió, soñaba que volaba y cuando desperté, aun estaban mis alas en mi cuerpo. sentí un impulso y volé hacia los abismos de la eternidad. y, allí, te vi a mitad de desaparecer, como las nubes en los días de sol. quise ayudarte pero tu volvías al mundo de los miedos, sueños, y siempre, con los ojos de un hombre sin edad... te vi alejarte y antes de perderte de vista te di una monedas y mis alas... lo recibiste y con tus manos abrazaste el resto de mi cuerpo que se deshacía como pompas de jabón... adiós, te dije y tu te sumergiste en ese mudo bloque de los sueños de los dioses...
san isidro, agosto de 2008
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