Lunes, 09 de enero de 2006
La oscuridad del lugar no me detuvo. Tenía la luz en mi mano, era una bola que cabía en mi palma y a pesar de emitir una potente luminosidad, no quemaba.

Desde que la luz llegó a mi cuarto nunca más tuve sueño ni cansancio, y nunca tuve ganas de dormir. Era como un día que no acaba...

Y allí estaba, caminando en medio de un extraño desierto, en una larga y embreada noche con una luz en forma de bola en la mano sin rumbo ni meta fija. Tan solo escuchaba el silencio y el arrastre de mis pies libando la arena cuando no lejos del lugar noté seis lucecillas acercándose. No me detuve y apuré mis pasos pensando que ellas podrían darme todo el entendimiento que buscaba acerca del sentido de la luz. Conté seis luces y empecé a correr hacia ellas cuando me di cuenta que eran seis lucecillas en las palmas de las manos de seis extraños personajes.

Cuando estuvimos bastante cerca unos de otros nos miramos con mucha calma. Intuitivamente hicimos una ronda, luego nos sentamos en la forma de indios y dejamos nuestras luces cerca a nuestros pies... De pronto uno de los seis personajes empezó a hablar pero en una lengua extraña. No pude entenderle pero cuando cogí la bola de luz, apuntándosela hacia su rostro pude entenderle totalmente, pues pude ver aquello que está más allá de las palabras... Nos contaba su nombre y el lugar de donde procedía. Había caminado durante mucho tiempo a través del mundo hasta el día de hoy, buscando entender el sentido de la llegada de aquella bola de luz, hace ya mas de cien años... No pude creerlo pues su rostro parecía no tener edad. Luego habló otro, y luego todos los demás, y cada uno contaba singulares caracteres y estilos de vidas mostrando una falta de conocimiento acerca del sentido de la vida… Y por último hablé, y les dije mi verdad: que tenía ojos pero no veía lo esencial, tenía orejas y no escuchaba la verdad, manos y no podía sentirme a mí mismo... Callamos, callamos, creo que por un instante o una eternidad, no lo supe bien, pero callamos…

Miraba la tierra en mis pies cuando noté que la lucecilla parecía brillar un poco más. Miré hacia el cielo y noté que no había una sola estrella. De pronto vi que nuestras lucecillas empezaban a elevarse como si no existiera gravedad, y luego, salieron disparadas hacia el negro cielo en forma paralela hasta unirse después de un instante o quizás una eternidad en un luminoso punto en el infinito, brillando mas y mas como un Sol. Cerré los ojos un instante o una eternidad y cuando los abrí, un nuevo día lleno de cantos angelicales, colores celestiales y un arco iris en forma de promesa empezaron a revelarse ante mis sorprendidos ojos...

Miré a mí alrededor y no encontré a nadie... Estaba sentado en un desierto sentado en posición india, solo como un gusano. Desconcertado cerré mis ojos un instante o una eternidad y aprecié mi oscuridad interior. De pronto, alguien empezó a acercárseme, como un amigable personaje y vi que era mí propia respiración, que paso a paso, aliento tras aliento, aliento tras aliento se acercaba mas y mas, como si durante toda la existencia nos hubiéramos buscado, hasta este instante o esta eternidad, y cuando estuvimos frente a frente noté con gran alegría que ella tenía en la palma de sus manos otra luz, otro Sol, otra claridad que empezaba a iluminar mi oscuridad interior a través de cada uno de sus pasos, de sus alientos…

Abrí los ojos y vi todo… Me paré como un iluminado y empecé a caminar hacia el mundo, cogido de la palma del santo y generoso aliento... Estaba agotado, muy agotado pero tenía una importante y luminosa verdad que contar en la palma de mi mano...




San isidro, enero del 2006
Publicado por joeblisouto @ 3:11
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