Jueves, 12 de enero de 2006
Caminando por la noche vi a lo lejos una única ventana iluminada. Aquella luz brotaba de un pequeño edificio, no tan sucio pero parecía estar bastante abandonado. Volví a mirarla y pude apreciar que la sombra de alguien pintó la luz del marco de la ventana como si fuera una mancha de brea. Me acerqué un poco más. Era una persona llamándome, agitando sus brazos para que subiera a su piso. Sentí confianza y entré en el oscuro edificio. Adentro parecía que no viviera nadie, pero de vez en cuando escuchaba el sonido de susurros, de pasos de gente que supuestamente moraban en aquella total oscuridad de puertas y cuartos malolientes.

Al final de pasillo encontré la escalera, era de madera y la subí con cierto temor. Cada peldaño que escalaba parecía a punto de deshacerse como arena... Con suerte llegué al piso del extraño sujeto, y pude ver la luz que se escapaba a través de los bordes de su puerta. La toqué con suavidad y esta se abrió como si no tuviera cerrojo. Entré a la pieza y vi a un muchacho apoyado sobre una de las paredes del cuarto. Nunca lo había visto pero algo dentro de mí sintió una gran confianza, como si en un sueño o en otra vida nos hubiéramos conocido. Me acerqué y hubo algo en su remota mirada que me impidió decir palabra alguna. Me detuve y empecé a observarle detenidamente y al fin pude reconocerle... ¡Era yo! ¡Yo mismo!... Yo, cuando decidí meterme de lleno al arte y dedicarme a pintar; pude verle y notar su inmensa y espacial soledad que parecía poseerle como si fuera una estrella en el universo. Su piel era tan blanca, pálida como si nunca hubiese conocido el Sol...

Me senté en el piso y le pregunté cómo le había ido. Sonrió con ironía y pude notar que sus dientes escariados, amarillos... Se apartó de la pared y caminó arrastrando sus descalzos pies hacia su otro cuarto, de donde sacó una caja muy grande. La dejó en el suelo y luego la abrió. Estaba lleno de lienzos, de pinturas, de cuadros... Me acerqué como un sediento de sueños realizados y pude apreciar cada uno de ellos… Eran todas las obras que alguna vez soñé y visualicé pero que jamás pude pintarlos pues en una parte de mi pasado decidí consagrarme a laborar en la empresa de toda mi familia. Le miré nuevamente y supe que debía de alejarme. El me miró con una sonrisa apenada, segura, y sin pronunciar una sola palabra...

Mientras me alejaba del viejo edificio sentí como una angustia por no ser lo que siempre anhelé ser: un artista. Mi corazón quise volver al pasado, y gritar a todos mis padres que no, que no deseaba ser como ellos, pero ya todo estaba enterrado en el valle de las sombras... Me detuve un momento y volví a mirar el viejo edificio pero no pude ver la ventana iluminada.

Continué mi viejo paseo hasta llegar a mi casa. Mi familia me esperaba. Era mi cumpleaños. Mis nietos, hijos y amigos estaban esperándome. Allí todo sería colores de plástico, sonrisas cansadas, pálidas palabras, como esos juguetes que sabes que en algún momento te dejarán de encantar y serán una carga… Y mientras me acercaba sentía mi corazón alejarse, errando hacia atrás, hacia aquel viejo edificio, viviendo como un miserable artista, como un lobo solitario, pero con una existencia poblada de lunas, fantasías y anhelos... llena de perfume, de magia, de la luminosa rosa que florece en el jardín de todos los sueños, alumbrando la existencia de todos los vivos y todos los muertos...




San isidro, enero del 2006
Publicado por joeblisouto @ 7:11
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