Miércoles, 08 de marzo de 2006
Son unos pasos que dejan huellas sobre nuestra epidermis, podría decir que soy feliz, pero esa palabra está llena de virus... Es mejor decir que estoy contento por saber vivir con sencillez. Mi madre durante toda la vida me dijo que no mintiera, que dejara de soñar, que pusiera los pies en donde se deben de poner. Nunca pude hacerlo, por eso es que escribo, como la manera que tengo de contar mi paso por la vida. Soy uno de tantos y tantos, que al ver que el día viene y se va, que la noche encanta todos mis sentidos ocultos, se encierra en el centro de mi vida, de mí mismo y en aquel centro de la tormenta, de movimientos que es la existencia, encuentro sosiego, un maná que apaga todas la inquietudes que me llueven cada segundo, instante en mi paso por la vida.

Tengo muchos libros frente a mí. Leí que Héctor Yánover decía que un hombre culto es aquel que a pesar de tener miles de libros en su casa sin leerlos, no cesa de adquirir más y más libros. Es mi caso, aunque no tengo miles y miles, quizá unos cuantos miles... Tengo en mis manos el libro de cuentos de Primo Levi, cuyo título es: Lilith y otros cuentos. Interesante, mas bien, un texto cargado de realidades noveladas... También tengo a mi lado En el Camino de Jack Kerouc, El juego de abalorios de Herman Hesse, y un libro de cuentos de un autor peruano, al cual lo siento lejos de ser un buen libro. Acabo de terminar de leer a Yanover, Memorias de un Librero, un libro imprescindible, para los amantes de los libros y librerías. He conseguido el libro de Thomas Pynchon, El arco iris de gravedad, según algunos uno de esos libros que se debe de leer.

Me agrada mentir, es decir, contar historias que suceden, o que no sucederán jamás... Luego que termino de escribirlas me siento satisfecho conmigo mismo. Debe de ser que es un acto totalmente natural en mi vida. No sé si algún día a lo largo de mi vida llegue a ser un gran escritor, no lo sé, pero aunque diariamente me seduce, no le hago caso, prefiero coger un libro y leerlo, o, en mi caso personal, continuar con mis rutinarias labores de trabajo que son lo que me dan vestir y comer día a día.

¿Cómo será cuando muera?

Imagino que acudirán amigos, enemigos, amigos de mis amigos y luego que me entierren, o me cremen, se olvidarán de mí lentamente por los sucesivos meteoritos que caen sobre la vida de todas las personas. Seguro que la nada será algo muy profundo de conocer. No creo que halle imágenes, ni nada por el estilo. Más bien encontraré sentimientos, de esos que uno no puede olvidar.

Podría contar de aquella señora que viene a dejarme un pedazo de papel a cambio de una que otra galleta que guardo para personas indigentes así como ella, pero, ¿para qué? ¿A quién le importa? Tan solo a mí... Y si es así me la contaré.

Esta señora era una mujer de más de sesenta años. Vestía con ropas ajadas y humildes. Sus cabos cabellos eran abundantes. Su cuerpo oculto por la ropa no dejaba ocultar su esmirriada figura, pero, usaba unos lentes, unos de esos grandes y pesados como si tuviera dos lupas en los ojos... Pero lo que mas me agradaba o llamaba la atención era su manera de pedir: se paraba en la puerta de entrada, lentamente, así como un caracol, y luego, extendía una mano pues la otra estaba ocupada cargando una bolsa llena de cosas, tal como si viniera de un mercado, y me balbuceaba algo con un: buenos días... La miraba a los ojos ocultos tras las dos lupas, y veía cómo lentamente empezaba a sonreír, balanceándose de lado a lado como esos porfiados, o como esos payasitos que venden en los mercados... Y si yo sonreía, la señora sonreía más y mas hasta hacer que su sonrisa cambiaba el resto de toda su humanidad... parecía contenta de verme contento. El resto es sabido. Le daba una que otra galleta, pan, productos sobrantes, y ella los recibía como quien recibe las joyas del niño... Y sin mirar lo que recibía lo metía en su bolsa que cargaba en su otra mano. Luego, balbuceaba unas gracias y se iba caminando a la velocidad de un caracol... dejando esa baba en mis recuerdos, y en mi paso por la vida...

Una tarde la vi caminando, mientras viajaba en mi auto, por una de las zonas alejadas de la ciudad, y vi que lo que cargaba en su bolsa lo ofrecía como material de productos de venta, es decir, era comerciante... pensé muchas cosas, buenas y malas, pero al día siguiente en que vino nuevamente a pedirme mas galletas, se las di, pues sabía que todo es una rueda que gira y gira así como mi paso por esta vida sin jamás entenderla, pero sí, si es posible sentarme y ponerme a meditar, y entender que, mas que entender, uno se siente mejor cuando abre las puertas a la bondad que chorrea del corazón...

Cerraré esta carta y me iré a descansar, en paz, contento y sintiendo que he podido escribir algo más que real, sentido, a lo largo de mí paso por esta valiosa vida...




San isidro, marzo del 2006
Publicado por joeblisouto @ 4:25
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