Viernes, 24 de marzo de 2006
Sentado frente a la máquina de escribir no se decidía en apuntar el final de su novela de más de ochocientas páginas. Estuvo en aquella situación por más de medio día, hasta que el sonido de la puerta de su casa lo sacó de aquel atasco mental.

Se paró acalambrado y caminó con cierta dificultad hacia la puerta. La abrió, y ante él se encontró con un niño de cabellos largos y rubios como el Sol, de ojos azules como el cielo que, medio doblado se quejaba de un cierto dolor. ¿Que te ocurre?, preguntó el artista. Señor, me duele la barriga, y creo que voy a morir... ¡Y tengo mucho miedo...! ¡No quiero morir! Asombrado por esta situación, le preguntó acerca de sus padres. El niño le dijo que habían salido a un largo viaje del cual ya había pasado más de un mes... ¿Vives solo?, volvió a preguntar. Sí, sí... Señor, ¿podrías acompañarme hasta mi casa...? Vivo solo con una empleada invisible de mis padres, y tengo miedo de que me vaya a morir... ¿Puedes ayudarme? El escritor sintió como un latigazo en su mente amodorrada, y tuvo la visión de que en las palabras del niño podría encontrar el final de sus textos… Por ello, asintió.

Hombre y niño caminaron unidos por la mano a través de una noche y una ciudad oscura, pero mágica. Ninguno hablaba, más bien escuchaban el silencio nocturno, el bailoteo de los árboles del bosque, el sonido de sus pasos a través de la acera de la calle… cuando, sin darse cuenta, caminando y disfrutando de su entorno, llegaron a una casa pequeñita, casi del tamaño de una casa de perrito. El niño se paró ante ello y entró como si fuera un perrito. Luego, sacó su cabecita y le dijo al artista que pasara… ¡Dios! Pero, soy demasiado grande… pensó, cuando sintió las suaves manos del niño que, con gran sutileza lo hizo entrar a su casita…

Ambos adentro vieron que todo estaba ocupado por muñecos y animales de goma animados, libros y libros de cuentos para niños, muebles que parecían tener el sentido de la observación… Es un ensueño, pensó el escritor, cuando el niño lo jaló hasta llegar a tocar uno de los tantos seres que animaban el lugar… Ambos no supieron el tiempo transcurrido, pero el sonido del toc-toc de la puerta los arrancó de la magia que vivían en aquel momento… El escritor se dio vuelta, soltándose de la mano del niño cuando percibió que todo a su alrededor empezaba a apagarse hasta quedar en una sucia casucha abandonada. Volteó donde estaba el niño y vio a un muñeco viejo y casi consumido por el tiempo… Lo soltó, saliendo de aquella casucha y no parando hasta llegar a su casa.

Cuando entró a su cuarto, vio sentado en su escritorio al niño de cabellos rubios que en sus manos tenía una hoja escrita… era su última página, la última hoja de su novela. Dámela, le pidió al mágico niño, pero este no respondió. Se acercó al niño con cierta timidez, y cuando lo iba a tocar, se esfumó como una brisa luminosa, una chispa de luz en medio de su real oscuridad. Buscó al niño pero no lo encontró… Tan solo la ruma de hojas escritas sobre su viejo escritorio, al costado de su máquina, y aquella chispa que aún flotaba por su cuarto como si fuera una mariposa luminosa… La miró con alegría y, sin dudar mas, la tomó en sus manos, la puso en sus labios y la besó… De pronto, el escritor sintió que su ser empezaba a entender con mayor claridad y realizó, visionó el final de su novela: era una idea luminosa, una chispa de luz… Y ante esta revelación, esto es lo que puso en su última página:

“… y todos, después de una noche en que los personajes salieron por las diferentes puertas de la casa de la realidad, se dieron cuenta que llegaban a un mismo y único lugar, a una sola claridad y a una sola luz…”



San isidro, marzo del 2005
Publicado por joeblisouto @ 3:42
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