Miércoles, 12 de abril de 2006
Eso de cantar nunca me ha gustado, es algo que hago con cierta frecuencia; sobre todo cuando estoy contento, o estoy con miedo y tengo que llenar el temblor por otra cosa como la tonta repetición de una canción. Y esa fue la razón por la que fui a inscribirme, cuando niño, al coro del colegio en donde estudiaba, por miedo a que repitiera de año... Era bien posible que sucediera por mi pésima conducta, pero cuando escuché que el director estaba formando un coro tuve que meterme como sea para congraciarme con su indulgencia, y así, pudiera ser generoso con mis notas generales, pues todos los chicos del colegio nos llegamos a enterar que era un amante de la música coral.

Antes de pasar a pertenecer al coro, que fue idea de los padres de familia, además del mismo director, por razones ya contadas, todos los voluntarios tuvimos que pasar por un pequeño examen que era cantar frente a frente al mismísimo director, y a solas, y en su oficina, y a puertas cerradas... Todos los voluntarios eran chicas, y uno que otro chico, que lo hacía más por estar con las chicas que por ellos mismos. Veía que uno a uno desfilaba, se escuchaba un pequeño la-la-la-li-lo-lu-liuuuu... y luego nada, el alumno salía y entraba el siguiente. Cuando llegó mi turno, todo el miedo penetró en mi garganta como si tuviera una anaconda, pero, algo ocurrió que le hizo sonreír al director. Bien, algo bien, te quedas con el coro, me dijo. Salí de la sala del director como si hubiera entrado al paraíso, y con todos los ojos de los chicos puestos en mi cara... Cuando terminó de probar todas nuestras gargantas, el director salió y citó a los elegidos, agregando que fuéramos al día siguiente a su casa, después de clases. Éramos como quince, nos miramos las caras y vi que éramos tres chicos y doce chicas. No me gustó, pero qué podía hacer. Estaba tan contento que me puse a cantar despacito, pero lo suficiente como para que el agudo oído del director me escuchase y me dijese que le agradaba mi tipo de voz... Los quince chicos me miraron con celo, envidia, o algo por el estilo. No los miré, mas bien sonreí complacido por aquellas motivantes palabras, mientras recordaba mis notas, sintiendo que estaba a salvo. Fui el primero en llegar a la casa del director, que apenas llegué me hizo pasar a una sala en donde había en cada espacio de las inmensas paredes, cuadros, muchos cuadros con los rostros de gente con los cabellos largos como viejas mujeres; ahora ya sé que eran las caras de Mozart, y de todos sus amigotes... También había un piano, un púlpito, y una pequeña guitarrita que era un violín, eso lo supe cuando traté de tocarlo, y el director pronunció el nombre del aparatito. Luego, llegaron todos los chicos y ante el rostro emocionado del director, empezamos a cantar y cantar a lo largo de tres horas. Pensé que me iba a hacer cantar solo, pero no, no fue así, mas bien hizo cantar solo a un chico grueso, con cara de mono y que tenía la fama de ser el tipo mas burdo, tonto de todo el colegio, pero, a él lo hacía cantar todas la arias, a los demás, no, tan solo lo acompañábamos. Si ustedes vieran la cara del director cuando cantaba aquel mono, cómo se le metamorfoseaba la cara, parecía llenársele de dolor de muelas, compungido por un dolor estomacal, o agripado y apunto de estornudar, pues la voz del mono lo hacía extasiarse... Y así fue pasando el tiempo, también nos enseñó a bailar en una escena llamada Orfeo y Euridice… Y así fue nuestro entrenamiento, hasta que llegó la fecha de la gran actuación de fin de año... A todos los chicos nos hicieron vestir como angelitos, menos al mono y a mí. Al mono lo disfrazaron de árbol y a mí, de roca. No lo entendía pero así ocurrió. Cuando abrieron el telón, vi a todos nuestros padres mirándonos, llenos de orgullo, y demás cosas por el estilo. Fue entonces en que me puse muy nervioso, pues a pesar que me ocultaba tras el disfraz de roca, temblaba. La música empezó, y todos los chicos y chicas estaban ya en la sala de actuación, cantando y bailando... cuando de pronto llegó el mono vestido de árbol que con aguijoneante voz llegó a romper los cristales de la sala... Todos le aplaudían, menos yo que me llenaba de celos y rabia, pues aún no salía a escena, pero, salí, y cuando salí vi que todo el público empezó a reírse, obviamente por mi disfraz, pero cuando empecé a cantar con mi voz (según el director de barítono), no cesaron de reír. No podía soportarlo por más tiempo, eso era terrible para mi ego, pero continué. Meses y meses practicando para esta actuación, y todo para que se rían de mí, y de mi voz, era demasiado vergonzoso... Ya estaba a punto de botar todo al tacho cuando sentí que alguien me llamaba fuera de las cortinas del escenario, y escuché, y vi al director entrar en escena disfrazado de Dios, y le escuché cantar con la voz de un trueno, y luego, sin creer lo que sucedía, pues eso jamás lo habíamos practicado, era algo inesperado; el maldito director me cogió como un pedazo de cosa y me lanzó fuera del escenario, sobre una ruma de colchones que estaban bajo la sala. Fue algo nuevo, sorprendente que, apenas terminó la actuación, produjo la alegría y el estallido de todo el público hasta hacerlos aplaudir y aplaudir como si la lluvia del diluvio... La función terminó de esa manera. Todos los chicos se abrazaron, sobre todo el mono que fue el más aplaudido junto con el director... Y yo, bueno, mejor no recordar la escena, pues todos me miraban como a un tonto... Les miraba, y sentía tanta rabia, dolor, sin embargo, desde aquel día nunca mas tuve miedo de nada ni a nadie. Le miré al director cara a cara y me fui de la sala en total silencio. Todos me llamaban, pero yo ya no les escuchaba, tan solo recordaba las risas, y el miedo que se esfumaba de mi vida… Y mientras me alejaba del colegio, me juré cantar algún día como los dioses, como el mono... pero, el tiempo pasó, y ahora que ya estoy por los cincuenta, nunca pude conseguirlo, por más que lo intenté en diferentes pruebas que me invitaban... El motivo era que temblaba, y mi voz, también, pero no de miedo, era así mi voz, la de barítono. Ahora solo cantó en la soledad de mi vida y en la oscuridad de mi buhardilla... Seguramente soy de esos que guarda el mundo para después de la muerte, para abrir el manto de su genio y ser al fin, una estrella...



San isidro, abril del 2006
Publicado por joeblisouto @ 7:06
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