Viernes, 23 de junio de 2006
He notado que la gente que se cruza en mi camino cuando me dirijo hacia mi trabajo no acostumbra mirar de frente, la mayoría acostumbra a mirar hacia el piso como si estuvieran buscando algo, o tiene la mirada hacia algo que casi pueden tocarlo con los ojos, es extraño, pero es así, al menos para mí cuando voy rumbo hacia mi centro laboral.

Trabajo de día en un almacén gigantesco en donde diariamente llegan camiones y traileres a dejar toneladas mercaderías y de containeres. Soy el portero de la mañana, aunque hay veces laboro de noche. La vigilia me agrada porque puedo cabecear un poquito mientras me pongo a escuchar música que sale de mi pequeño radio portable. Trabajo junto a cinco perros negros de razas desconocidas. También hay uno que otro bicho que gusta picar la comida de los perros y la mía. Es una rata, bastante graciosa e inteligente. Cuentan de ella que hace mucho que está viviendo en el almacén, que tiene cría y que es bien pillo. Han probado de todo para matarla sin conseguirlo. Incluso trajeron a gente de otro país pero igual, todos quedaron sorprendidos por este roedor… Con el tiempo le tuvimos respeto; era verdad que era una rata ladrona pero, no era desmesurada como otras que he conocido a lo largo de mi vida en donde en mi propia cara salen a pasear y hasta se ponen a chillar, eso, sí que es provocador. Por esa razón fui el único portero que le daba atención y cuidado especial. A los perros, al igual que a la rata y su comunidad, les daba su alimentación. Es bueno que los bichos que a uno le rodean se encuentren contentos, y ya que no tengo parentela, ellos llegaron a ser eso, es decir, mi única familia. Cuando llegaba parecían estar esperándome. Los perros movían la cola y sus ojos parecían alumbrarme toda la cara, y el bicho salía hasta llegar a mi silla, mirándome a mí y a mi aposento. Es bonito llegar a un lugar y sentirse querido, extrañado, esperado, tal como veía en las casas de las demás personas, aunque en mi caso no había peleas, yo era el varón de la casa, sí señor, siempre que llegaba, el silencio y el respeto eran acogedor y sólido…

Todo iba normal hasta que una noche vino el dueño del taller para comunicarnos que este mes era el último para mí. Le pregunté el por qué, y este hombre, que no era malo ni bueno, era normal como todos los que miraban por la calle hacia abajo, pero sí bastante fácil de convencer, no respondió, pero mientras se iba parecía querer decirme que ni él lo sabía, pero que lo lamentaba mucho, mucho, mucho…. Mas tarde, con ayuda del personal de día me enteré que habían vendido el almacén a una constructora. Lo entendí y al día siguiente, pedí mi renuncia. Me pagaron hasta el último centavo, me abrazaron todos los compañeros de más de treinta años de labores, y cuando estaba por salir recordé a mis perros y mi rata… Muy despacio, sin que nadie se diera cuenta, fui caminando como un gato hacia el viejo almacén. Entré y vi a los perros que parecían ya saber nuestro destino porque no movieron la cola y sus ojos estaban así como los de la gente que me cruzaba cuando venía al trabajo. No sé por qué los abracé a uno por uno, como por última vez, luego, saqué un gran pedazo de queso podrido y lo puse cerca de donde habitaba mi rata… Ya estaba saliendo del almacén cuando, pegado al borde de la puerta, vi a mi rata, parecía estar esperándome. Le pregunté lo qué quería. Y este bicho se me acercó hasta rozar su piquito en mi zapato, como rogándome querer irse conmigo. Le dije que no, pero, si se pasaba por allí, me sentiría muy feliz de volvernos a encontrar. Me le acerqué y le pasé unas palmaditas sobre si mofletudo y apestoso húmedo cuerpillo. No me daba asco, no, era algo diferente, mas fuerte que mis sentidos. Lo cogí en mis manos y me lo puse cerca de mis ojos y sus ojos parecían querer llorar, sentí como sus bigotes se movían como la cola de mis perros cuando llegaba al almacén. Nos quedamos así un instante y sentí que muy pronto volveríamos a vernos…

Han pasado más de diez años y no he vuelto a ver a mis perros ni a la rata. Es mas, en el antiguo local en donde trabajé está orlada por un muro de color naranja, llena de alambres y vidrios partidos en su sima. Pedí entrar a un viejo portero y para mi suerte me dejó entrar. Y mientras este señor me hablaba desde la caseta de control, sentí una fuerza que me arrastraba hacia el antiguo galpón en donde había trabajado durante tantos años. Recordé a mis perros y a la rata. Pero cuando entré vi que todo había cambiado. Mi pesadilla se había vuelto realidad. Era imposible que los animales vivieran tanto tiempo, pero uno siempre tiene la esperanza de que su familia viva para siempre y no es verdad. Todo aquel lugar era una especie de edificios en donde habitaban familias y familias, también habían perros, niños, gatos, avecillas, árboles… Todo era diferente. Lo extraño de todo era que sus miradas eran como la gente que miraba como tratando de coger algo que no se podía tocar ni ver. Ya estaba por irme cuando este tipo, el guardián de la caseta, me dijo si tenía trabajo. Le dije que no, que no hacía nada más que vivir con mi pequeña jubilación. Me dijo que el dueño de este lugar buscaba a un guarda de noche. Me dio el teléfono y se fue. No perdí más tiempo y lo llamé. Me aceptaron, y desde aquel día he vuelto al mismo puesto pero ahora tengo una televisión, una radio y otros perros, mas mansitos, pero lindos perros, sobre todo cuando llego por la noche y me miran a los ojos como si llevaran linternas en los suyos, moviendo la cola sin parar, lamiéndome la cara y las manos como si fuera un manjar, es lindo volver a una familia, tener alguien que lo espera y le mira con tanto respeto y afecto… A mi rata no la he vuelto a ver jamás, pero sí he visto a uno que otro bicho que me miran a lo lejos, como preguntándose si soy el mismo u otra persona. Dentro de mí sabía que deseaban un poco de amistad. Le puse un poco de queso podrido y desde aquella noche me hice su amigo. Lo extraño es que, esta vez eran muchos, es decir, muchas ratas que me miran con sus largos bigotes, sus narices que parecen un lunar mojado y esos ojillos que son como pelotitas negras a punto de salírseles de la cara… Sí, en verdad he vuelto a sentirme tranquilo mientras escucho la radio o veo la televisión junto a mis perros y ratas que parecen tener los mismos gustos que yo, al menos por las noches…

Los días pasan, las noches también, y yo y mis bichos y todos los que estamos en este lugar, también pasaremos. Y hoy, que estoy escribiendo esta historia, me pregunto, hasta cuándo la gente mirará hacia el piso o mirara tratando de coger con los ojos aquello que no existe. Es como caminar entre sonámbulos, que no saben apreciar lo poco a mucho que tienen a su alrededor…



San isidro, junio del 2006

Publicado por joeblisouto @ 15:09
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios