Martes, 08 de agosto de 2006
Estoy parado frente a la puerta de casa pero no deseo entrar. De solo recordar que nadie más que yo vive adentro me hace sentir que es el último lugar donde quisiera estar. Pero aun así he sacado la llave del bolsillo y he ingresado. He prendido las luces y me he sentado a tocar piano. Siempre que lo hago, apago las luces y me dejo llevar por el sonido de la oscuridad. Me relajo cuando toco, y en eso diluía mi soledad cuando escuche voces, susurros, podría decir que deseaban que continuara tocando por favor, como rogándome... Continué hasta agotarme y no sé por qué, quizá porque era algo nuevo para mí, compañía, seres inasibles que apreciaban mis sentimientos bajo el timbre musical. Mi corazón latía sin armonía y mi cuerpo empezó a sudar frío. Era normal debido a esta singular experiencia. Prendí las luces del cuarto y nada, no había nadie... pero sentía presencias. Apagué las luces y a ciegas caminé hacia mí cuarto, prendí las luces y empecé a pintar, y mientras pintaba, una fuerza desbocaba mis manos, mi mente de colores, visiones extrañas. Llegó un momento en que me sentí preso por hilos, sentimientos líricos que empujaban mis creatividad. Solté el pincel porque no quise ser de nadie y todo se hizo paz, tranquilidad, hermoso... y en ese preciso momento el alborear de un día, penetró mis sentimientos... Me fui a bañar y luego me puse a descansar. Fue extraño, no soñé. Me levanté y, asombrado, vi personas que entraban y salían de mi cuarto... Vestían con ropa de otro tiempo. Quise hablar con cualquiera de ellos, exigiendo una explicación, pero nadie me hizo caso. Me vestí, levanté y fui a ver qué era lo que ocurría. Esta gente preparaba la llegada de alguien, como una fiesta sorpresa, una bienvenida... Estoy desvariando, pensé. Hacía frío delante de ellos y salí de la casa sin que nadie se diera cuenta de mi ausencia. Fui a visitar a unos amigos que se hallaban en el centro cultural y les conté lo que había ocurrido en mi casa, no creyeron nada. Trabajas demasiado, dijeron. Me paré y los reté. Acompáñenme, les dije. Se pararon y me siguieron los pasos en medio de burlas, risitas disimuladas. Llegamos, entramos a mi casa, y allí estaba el gentío que subían y bajaban las escaleras de la casa, parecía que ya estaba por terminar su labor... Qué les pasa, no pueden ver a toda esta gente.... Mis amigos se miraron unos a otros y dijeron que no, que no había nada. Estás mal, me dijeron. Se dieron media vuelta y se fueron. Salí tras de ellos pero no tenía una sola palabra que decirles. Me detuve y fui hacia el bar de un conocido. Me puse a beber bastante hasta muy tarde. Ya estaba mareado. El barman me dijo que podría pedirme un auto que me llevase a mi casa. No, no gracias puedo irme por mi cuenta, tal como vine. Salí a la calle, crucé la pista y no vi un auto pasar por mi lado, casi besó mi cara... Me asusté, se me pasó toda la resaqueada y apuré mis pasos. Llegué a mi casa y volví a detenerme en la puerta, no escuché un solo sonido, todo estaba tranquilo... Ya se han ido, pensé. Entré y de repente todas las luces se encendieron. Y todo el gentío gritó: ¡Bienvenido! Me gustaron sus amigables y alegres palabras y me puse a conversar, estaba en una fiesta. Bailé, grité, chillé, y continué tomando durante toda la noche hasta que llegó el día... Sonó la puerta y metieron debajo el periódico del día. Lo abrí y vi mi foto en primera plana con la noticia de que un auto me había atropellado en mitad de la noche, y que mi cuerpo estaba en la morgue... Miré a todo el gentío que estaba en casa y supe que ahora era uno de ellos. ¡Bienvenido! Volvieron a gritar...


San isidro, agosto de 2006

Publicado por joeblisouto @ 7:05
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