Lunes, 27 de agosto de 2007
acababa de ver una película, me gusto, podría narrarla pero es mejor que no, no, por favor no. quizá tenga el concepto moral de que la gente la vea al igual que yo y opina y tenga su propia certeza, su propia manera de sentir sin necesidad de influencia alguna. pero, siempre hay un pero molestoso, no es nada fácil encontrar está película en formato de DVD. se trata de la película llamada “Madame Buterfly”, dirigida por David Cronemberg, estupenda realización. mejor lo dejo en uno de esas ideas que no terminaron de germinar y cayeron en el foso de la letra muerta o el punto y seguido…

está mañana me levanté bastante temprano, contento de sentirme bien con mi sombra, alma y recuerdos, quizá sea que no tengo deudas en la puerta de casa. como dije, el contento me había poseído y ante el pedido filial, fui a llevar a mis padres a la iglesia evangélica. los subí al auto y encendí la radio, como siempre mis padres se quejaban de la vida, de los hijos, de su salud, de la iglesia al cual iban, y, por último, de mí. los dejé en la puerta, había una señora vestida de azul y con cara de aspirante a la santidad, al menos se notaba en su tono de voz y en el esfuerzo de su plástica sonrisa de paz. mis padres son bastante ancianos, pero, ellos aún no lo saben concientemente pues siempre tienen algo que hacer, ya sea irse a la iglesia en busca del pasaporte al paraíso o ayudar a la gente mas necesitada como los indigentes que pasan por la TV, etcétera, etcétera...

vivo en su casa, soy el menor de todos los hijos y no deseo casarme nunca. mucha gente maldita piensan que soy gay. no es verdad. odio atarme a nada ni a nadie, excepto a mi mismo, aunque muchas veces soy insoportable conmigo mismo, y por ello busco escaparme de aquel mal sentimiento. me veo viendo una película que he visto demasiadas veces, o comiendo cosas que me hacen daño, es decir, soy el esperma de la gran inconciencia.

llegué a casa y sentí que nada tenía que hacer sino fuere el de esperar a recoger a mis padres de la iglesia. vi a mi perro, atado a su jaula y decidí salir a la calle con él mientras esperaba que el tiempo pasara. lo llevé a un parque y con su collarín en mis manos, lo solté un poco y le vi comer la mierda de otros perros. iba a regañarlo pero decidí que no. es un animal, pensé, y se parece a mí cuando repito las películas que veo. seguimos caminado y llegamos a una bodega. un hombre bastante mayor estaba atendiendo. tenía canas hasta el los ojos, sus bigotes, sus cejas, su cara en general y esos lentes gruesos de carey gruesos como el poto de botella. aún así, le saludé. todos somos iguales, al menos todos llegaremos a serlo. esperaba su respuesta a mi saludo con risita y todo, pero parece que no me escuchaba, pero si me miraba con cierto temor, quizá fuera por el perro. le grité un poco para que escuchara que deseaba una lata de cerveza. no grité por favor, me dijo. saqué una moneda y se la puse en la mesa de atención, y este viejuco me dio la lata. no quise pensar mas y seguimos con mi perro hasta llegar al parque de mi barrio. tomé mi cerveza y solté al perrito. deseaba que corriera por ese inmenso parque. corrió de un lado a otro, es un bello animal. me miraba como certificando que aun estuviera tomando mi lata. salud, le dije. el perro levantó sus orejas y se acercó, poniéndose a oler la lata. ¿quieres?, pregunté. no le gustó su aroma y seguí tomando solo como mi perro. miré mi reloj y vi que ya era hora de meter al perro a la casa para recoger a mis padres.

salí con el auto y llegué en punto. mis padres estaban en la puerta. subieron llenos de frío y cierta paz en sus caras, y luego, les llevé a almorzar a un restaurante. me invitaron, pero les dije que deseaba estar solo. como quieras, dijo mi padre. vendré tarde, les dije. está bien, dijo mi padre ante la mirada angustiada de mi madre que es seguro que deseaba quedarse conmigo para poder joder a alguien conocido o contar los chimes agrios que siempre guardaba en su alma. los quería, pero mas quería mi soledad. me despedí de ellos con un beso en la frente y fui con mi auto rumbo hacia el campo, en las afueras de la ciudad que estaba a más de dos horas de camino en auto.

cuando llegué no vi a un solo ser humano y menos un alma. salí del auto y tuve la suerte de encontrarme con una bodega, pequeña pero bodeguita al final. entré y pedí una lata de cerveza. salió una mujer andrajosa y vieja con una cara colorada y regordeta. era grande como un tonel de vino. Debe ser extranjera y borracha y puta, seguro, pensé mientras le pagaba y esta me daba la lata en las manos, hasta llegar a rozar sus dedos con los míos. me miró con sus ojos azules y vidriosos y sacó la lengua haciendo un signo obsceno con sus labios y sus rojizos ojillos azules. iba a subir al auto pero no. le pregunté a la tipa su nombre. me llamo Brunilda, dijo. fue terrible, tenía un aroma a esperma. chau Brunilda, le dije. subí a mi auto y seguí metiéndome mas adentro de ese lugar, desconocido por mí. me detuve en una pendiente. y decidí caminar por esos lugares tan solitarios como yo. caminé y caminé hasta llegar a un río. me puse en su orilla y me puse a orinar, cuando vi a cinco mujeres del lugar, provincianas, que estaban lavando ropa, mucha ropa y dejaban todo el detergente por todo el río como una mancha blanca, parecida a una nube de agua. eran bastante mayores, por no decir viejas y feas. las saludé y ellas rieron entre ellas. sonreí y les dije fuerte salud con mi lata de cerveza. rieron aún mas. me paré y ante ese espectáculo decidí alejarme un poco mas adentro de ese lugar y alejarme de todo tipo de personas. penetré en el bosque hasta sentir que el bosque y sus habitantes, me observaban con no buenas intenciones. ¡¿en dónde estoy?!, grité. el eco me dijo lo mismo y sentí un frío en todo el espinazo. miré hacia el cielo y ya estaba por oscurecer, o los brazos del bosque empezaban a cerrarse, como si fuera una olla y empezaban a tapar su pieza, su presa... por suerte escuché el sonido del río como si fuese la voz de Dios y supe que podría salvarme. llegué al río, corriendo y asustado, y vi un poco mas lejos mi auto pegado a la orilla del río. corrí y ya, ya estaba en mi lugar, seguro como si la vida que me esperaba fuera el paraíso.

subí al auto y volví a la ciudad. llegué a casa y vi las luces encendidas y los ladridos de mi perro. entré y saludé a mis padres. mi perro me esperaba, quería jugar. subí a mi cuarto y encendí la TV. cerré los ojos y recordé que era un día domingo, un día mas, un día en que pude encontrarme conmigo pero el miedo me jalo a la misma cotidianidad de los días y las noches en mi cuarto.



san isidro, agosto del 2007

Publicado por joeblisouto @ 5:22
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios